Polinesia


Islas volcánicas, jardines de coral subacuáticos y exuberancia natural, son los componentes de un edén sumergido en las aguas del Pacífico Sur.

Maeva, dicen los locales cada vez que un turista pone un pie en las islas para dejar que sus problemas se diluyan en las aguas del Pacífico Sur.

Las magníficas flores tiare se arremolinan sobre los cuellos de los nativos formando los característicos collares leis, que comparten en hospitalaria ofrenda con los recién llegados.

La escena se repite en las 118 islas de la Polinesia Francesa, esas que Paul Gauguin supo pintar para embellecer aún más lo que parecía ser perfecto.

Islas volcánicas elevadas y atolones coralinos se sospechan desde el aire, rebosantes de una exuberancia natural que impacta como pocos lugares del planeta.

Polinesia ha sido siempre sinónimo de edén, aún para quienes nunca sintieron el roce de la suave brisa del Pacífico Sur sobre el rostro.

A 17 kilómetros de Tahití, atravesando el Mar de la Luna, se intuye el sonido de las cascadas ocultas, el verde bosque tropical y los altos picos volcánicos de Moorea.

Desde la cumbre del Rotu Uni se contemplan las impasibles aguas de las bahías gemelas de Oponohu y Capitán Cook.

El edénico espacio se completa con bungalows que se yerguen sobre el mismísimo Pacífico e hipnotizan con una imagen difícil de olvidar.

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